No lo digas, demuéstralo: ser cristiano no es una moda ni un discurso, es una vida transformada que otros pueden leer en la calle, en la casa y en el trabajo.

No lo digas, demuéstralo: cuando la fe se nota más allá de las palabras
No lo digas, demuéstralo: cuando la fe se nota más allá de las palabras

Hace poco escuché una predicación con un título que no he podido sacarme de la cabeza: «No lo digas, demuéstralo» del Ministerio Roka Stereo. Dios me ha venido inquietando con este tema desde hace tiempo, porque pareciera que ser cristiano se ha vuelto una moda. Muchos lo dicen con facilidad; yo, Salvador G. Nuñez prefiero que me llamen creyente. Pero el problema no es el nombre, sino que fuera de la iglesia, en la calle, en el tráfico, en el trabajo o en las redes, nuestro comportamiento muchas veces deja mucho que desear.

En esa predicación se contó la historia de un hombre que entró una mañana a una cafetería. La mesera estaba teniendo un día terrible: atendía sola, un cliente la trató mal, otro le reclamó con groserías. Cuando llegó a su mesa, por accidente le derramó el café encima. Nerviosa, le pidió perdón. Él, en lugar de reclamar, le dijo: «Tranquila, no pasa nada. Usted vale mucho más que esa taza de café». Al irse dejó una buena propina y una servilleta que decía: «Espero que mañana sea un mejor día para usted. Dios la bendiga». La mujer la leyó y lloró.

Ese hombre no predicó un sermón ni preguntó a qué iglesia iba la mesera. Hizo algo mucho más difícil: se comportó como lo habría hecho Jesús. Y eso es lo que el apóstol Juan nos pide: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:18). El mundo está cansado de discursos. Lo que necesita es ver a Cristo en nuestra manera de vivir.

1. La sal no anda diciendo que es sal

«Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.» — Mateo 5:13

La sal no grita «¡soy sal!». Simplemente está, y se nota. Y cuando falta, también se nota. Lo mismo pasa con la luz: no anuncia que va a alumbrar, solo alumbra. Jesús no nos pidió que habláramos de la sal y de la luz; nos dijo que lo somos. Podemos levantar las manos el domingo para adorar y, con esas mismas manos, señalar al otro el lunes. Podemos cantar bonito y, con la misma lengua, destruir a una persona. Podemos publicar versículos y vivir de una forma que no combina con lo que publicamos. No lo digas, demuéstralo: la sal se prueba en el sabor, no en la etiqueta.

2. Somos una carta que todos leen

«Nuestras cartas sois vosotros, escritas en nuestros corazones, conocidas y leídas por todos los hombres; siendo manifiesto que sois carta de Cristo.» — 2 Corintios 3:2-3

Cada mañana, cuando salimos de casa, alguien está leyendo nuestra vida: el esposo o la esposa, los hijos, los vecinos, los compañeros de trabajo, el que nos atiende en el restaurante, el conductor que se equivocó en el tráfico. Quizás somos la única Biblia que algunas personas van a leer. Hay quienes dicen: «Yo no quiero saber nada de cristianos». Antes de juzgarlos, deberíamos preguntarnos por qué. Tal vez conocieron a alguien que hablaba mucho de Cristo, pero se parecía muy poco a Él. Si somos una carta abierta, ¿qué están entendiendo de Jesús quienes nos leen?

No lo digas, demuéstralo: cuando la fe se nota más allá de las palabras
No lo digas, demuéstralo: cuando la fe se nota más allá de las palabras

3. Lo que sale cuando nos exprimen

«El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno… porque de la abundancia del corazón habla la boca.» — Lucas 6:45

Una naranja puede verse hermosa por fuera, pero solo cuando la exprimimos sabemos qué tiene por dentro. Las dificultades hacen eso con nosotros: no crean lo que llevamos dentro, lo revelan. Es fácil parecernos a Jesús cuando todo sale bien; la prueba llega cuando nos ofenden, nos traicionan, nos cierran una puerta o hablan mal de nosotros. Cristo se ve cuando podemos vengarnos y decidimos perdonar, cuando ayudamos a quien jamás podrá devolvernos el favor, cuando somos honestos aunque nadie nos vea, cuando pedimos perdón y cuando, teniendo una piedra en la mano, decidimos soltarla.

4. Moisés no sabía que su rostro brillaba

«Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí… no sabía Moisés que la piel de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios.» — Éxodo 34:29

No se trata de fingir ni de ponernos una máscara de amabilidad. No somos actores con un papel que representar. Se trata de estar cerca de Jesús, porque uno termina pareciéndose a lo que contempla. Moisés pasó tiempo con Dios y, al bajar del monte, su rostro resplandecía. Él no lo sabía, pero todos los demás lo notaron. Así es el verdadero creyente: no necesita anunciar lo espiritual que es. Cuando ha estado con Dios, se nota en cómo habla, en cómo reacciona, en cómo perdona, en cómo trata a quien no tiene su posición, cuando gana y también cuando pierde.

No lo digas, demuéstralo: cuando la fe se nota más allá de las palabras
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Reflexión final

Hoy no le pregunto si es cristiano; le pregunto, con todo cariño: ¿se le nota? Porque la presencia de Dios no solo debe hacernos llorar en un culto; debe hacernos tratar diferente a los demás. Jesús no dijo que nos reconocerían por cuánto sabemos de la Biblia, por lo bien que cantamos o por el tamaño de nuestra iglesia, sino por el amor (Juan 13:35). El mundo no necesita otra camiseta que diga «Dios te ama»; necesita un creyente que, cuando encuentre al herido en el camino, se detenga. Que nuestra oración deje de ser solamente «Señor, dame» y se convierta en «Señor, quiero parecerme a Ti: dame tus ojos para mirar, tu corazón para sentir y tus manos para servir». Revise hoy su corazón, pida perdón si hace falta, haga esa llamada pendiente y salga a la calle dispuesto a que otros lean a Cristo en su vida. No lo digas, demuéstralo.

Por: Salvador G. Nuñez

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