El púlpito debe conducir a Cristo, no convertirse en un arma personal

Conocí al Señor a comienzos de los años noventa, en unos desayunos para empresarios que se realizaban cada sábado en el Hotel Hilton de la Isla de Margarita, Venezuela. Hasta entonces nunca había leído la Biblia. Llegué sin conocer prácticamente nada de las Escrituras y allí descubrí a ese ser maravilloso que transformó mi vida: Jesucristo. Con los años he entendido mejor aquellas palabras: «La fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17).

Recuerdo aquellos encuentros con especial cariño. Había dos ancianos, como los llamábamos entonces: el hermano Carlos Fushan y el hermano Luis Domingo. No recuerdo ver una predicación convertida en espectáculo. Incluso los himnos surgían de una manera sencilla: alguien pedía uno, los músicos comenzaban y todos cantábamos con nuestros pequeños libros de coros. Había sencillez, reverencia y hambre de Dios. «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Juan 4:24).

Cuando llegaba el momento de compartir la Palabra, uno de aquellos ancianos se levantaba y comenzaba a trazar las Escrituras. La Biblia ocupaba el centro. No había teléfonos celulares, tabletas ni pantallas. Y aclaro algo: no considero pecado utilizar hoy una tableta, notas o un teleprompter; la tecnología es una herramienta. El problema comienza cuando el púlpito deja de apuntar hacia Cristo y empieza a apuntar hacia nosotros mismos. «Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo» (2 Timoteo 4:2).

El púlpito no es para lanzar indirectas

«Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos.» — Mateo 18:15

Una persona puede llegar a la iglesia llevando una batalla que nadie conoce. Quizás viene buscando consuelo, dirección o una palabra que la ayude a levantarse. El púlpito jamás debería utilizarse para enviarle mensajes cifrados, cobrarle una cuenta pendiente o exponer indirectamente un conflicto personal.

Si existe un problema con un hermano, Cristo enseñó un camino mucho más difícil, pero también mucho más digno: hablar directamente con él. Predicar mientras todos saben a quién va dirigida la indirecta no es valentía espiritual. El sermón no debe convertirse en el capítulo público de una disputa privada.

También debemos cuidarnos del ambiente que esto genera. Una congregación no puede convertirse en un lugar donde unos observan a otros tratando de descubrir: «¿Para quién habrá sido eso?». Jesús fue contundente al advertirnos sobre mirar la paja en el ojo ajeno mientras ignoramos la viga en el propio (Mateo 7:3-5).

El púlpito pertenece a Cristo. Cuando abrimos la Biblia delante de una congregación, la responsabilidad no es demostrar quién tiene razón, sino comunicar fielmente lo que Dios ha dicho. La Palabra puede confrontar profundamente, pero una cosa es confrontar con la verdad y otra muy distinta utilizarla para herir.

El púlpito no es un escenario para el ego

«Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe.» — Juan 3:30

Hay una tentación particularmente peligrosa para quien habla delante de otros: comenzar queriendo servir a Dios y terminar necesitando la admiración de la gente. El púlpito no fue entregado para construir celebridades cristianas. Fue dado para proclamar a Cristo.

Los títulos académicos, el conocimiento bíblico, los idiomas, la experiencia ministerial y una gran capacidad para comunicar pueden ser dones valiosos. Pero ninguno de ellos debe convertirse en el protagonista. La congregación no necesita salir impresionada con cuánto sabe el predicador; necesita salir comprendiendo mejor quién es Dios.

La tecnología tampoco es el enemigo. Una tableta puede contener una Biblia, unas notas pueden ayudar a organizar un mensaje y una pantalla puede facilitar la enseñanza. El verdadero asunto no está en la herramienta que tenemos en la mano, sino en quién ocupa el centro de nuestro corazón.

Por eso la pregunta antes de predicar debería ser incómodamente sencilla: ¿quiero que recuerden mi nombre o quiero que recuerden a Cristo? Juan el Bautista conocía perfectamente la respuesta. El ministerio saludable no agranda al mensajero; engrandece al Señor.

El púlpito no es un club social ni una plataforma comercial

«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros… no por ganancia deshonesta.» — 1 Pedro 5:2

No quiero generalizar. Existen iglesias y pastores que sirven a Dios con una fidelidad admirable. Pero también debemos reconocer una realidad incómoda: en algunos lugares la reunión cristiana corre el peligro de parecerse cada vez más a un club social y cada vez menos a un encuentro reverente con Dios.

La comunión, la amistad y la alegría son parte hermosa de la vida cristiana. El problema aparece cuando desaparece el sentido de santidad. El púlpito no debería convertirse en escaparate permanente para negocios personales, promoción del predicador, entretenimiento o cualquier asunto que desplace a Cristo del centro.

Tampoco debemos confundir emoción con transformación. Una predicación puede provocar lágrimas, aplausos y gritos y, sin embargo, dejar muy poca Palabra sembrada. De la misma manera, un mensaje sereno puede atravesar profundamente el corazón porque la autoridad no procede del volumen de la voz.

La iglesia necesita recuperar algo que nunca debió perder: reverencia. No una religiosidad fría ni una solemnidad artificial, sino la conciencia de que nos reunimos alrededor de algo infinitamente mayor que nosotros. El púlpito no es nuestro escenario; es un lugar de enorme responsabilidad espiritual.

Entonces, ¿para qué es el púlpito?

«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.» — 2 Timoteo 3:16

El púlpito es para proclamar a Cristo, enseñar las Escrituras, confrontar el pecado, llamar al arrepentimiento, anunciar el Evangelio, edificar a la iglesia y preparar al creyente para vivir una vida conforme a la voluntad de Dios. Eso ya es una misión suficientemente grande; no necesitamos inventarle otra.

La sana doctrina debe defenderse y el error debe señalarse. Hablar de amor no significa renunciar a la verdad. Pero defender la verdad tampoco concede permiso para humillar personas, convertir opiniones personales en doctrina o utilizar la Biblia como un martillo contra quienes piensan diferente en asuntos secundarios.

También debemos tener cuidado con frases como «Dios me dijo…» cuando terminan colocando nuestras opiniones al mismo nivel que las Escrituras. Una experiencia puede ilustrar una verdad; jamás debe reemplazarla. Si afirmamos que «la Biblia enseña», debemos estar dispuestos a abrirla y demostrar qué enseña realmente.

Quizás por eso guardo con tanto cariño aquellos sábados de mis primeros años en la fe. Había cosas mucho más sencillas que hoy, pero recuerdo salir con gozo porque sentíamos que Dios nos había hablado por medio de su Palabra. Los métodos cambian, las herramientas cambian y las generaciones cambian. Cristo y su Palabra permanecen.

Reflexión final

Tal vez necesitamos volver a preguntarnos quién es realmente el dueño de el púlpito. No pertenece al pastor, al predicador, al líder, al ministerio ni a una personalidad religiosa. El púlpito es de Cristo, y quien lo ocupa recibe un privilegio, pero también una enorme responsabilidad. Que nuestras palabras nunca sirvan para vengarnos, presumir, humillar, dividir o alimentar rumores. Que cuando alguien salga de la iglesia no diga solamente: «¡Qué bien habló el predicador!», sino: «Hoy Dios habló a mi corazón por medio de su Palabra». Porque cuando Cristo vuelve al centro, el mensajero disminuye, la Palabra permanece y la iglesia vuelve a recordar por qué existe.

Por: Salvador G. Nuñez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *