Qué dice realmente el diezmo en la Biblia, por qué fue instituido para los levitas y qué enseñó el apóstol Pablo sobre la manera de dar.

Pocas conversaciones incomodan tanto dentro de la iglesia como esta. En los últimos años se han multiplicado los casos que llegan a los titulares: pastores que exigen porcentajes desde el micrófono, líderes bajo investigación por el manejo del dinero de la congregación, y hasta un predicador que pidió públicamente la mitad del sueldo de sus miembros afirmando que quien no lo entregara no amaba al Señor. El escándalo ya no es la excepción; es una conversación abierta.

Y en medio del ruido, casi nadie se detiene a hacer la pregunta más simple: ¿qué dice el diezmo en la Biblia, exactamente? No lo que dice la costumbre, ni lo que se repite cada domingo, ni lo que se hereda de generación en generación sin examinarlo. Lo que dice el texto. Porque una cosa es una práctica de fe voluntaria y otra muy distinta es una obligación impuesta bajo amenaza de maldición.

Este artículo no ataca a la iglesia ni a los pastores fieles que sirven con integridad, que son muchos y merecen respeto. Lo que hace es volver al texto con honestidad: revisar para quién fue instituido el diezmo, en qué consistía realmente, y qué enseñó el apóstol Pablo cuando habló de dar. Y también preguntarse algo incómodo: qué pasa cuando alguien entrega lo que no tiene.

El diezmo era del campo, no de la nómina

Lo primero que sorprende al leer el texto es que el diezmo en la Biblia nunca fue un porcentaje del salario. Era producto agrícola y ganado: «Y el diezmo de la tierra, así de la simiente de la tierra como del fruto de los árboles, de Jehová es; es cosa dedicada a Jehová» (Levítico 27:30). Grano, aceite, vino, becerros y ovejas. Una economía de campo, no de sueldo.

Y hay un detalle que casi nunca se menciona desde el púlpito. Cuando el israelita vivía lejos y no podía cargar el producto, la ley le permitía venderlo y llevar el dinero. ¿Y qué debía hacer con ese dinero al llegar? «Darás el dinero por todo lo que deseas, por vacas, por ovejas, por vino, por sidra, o por cualquier cosa que tú deseares; y comerás allí delante de Jehová tu Dios, y te alegrarás tú y tu familia» (Deuteronomio 14:26).

Léelo otra vez, porque cuesta creerlo: buena parte de aquel diezmo lo comía el propio adorador con su familia, en una celebración delante de Dios. El dinero aparecía solo como un mecanismo de transporte, no como el objeto de la ofrenda. Convertir eso en una transferencia bancaria mensual del diez por ciento del sueldo es una lectura que el texto no sostiene.

Y cada tres años el destino cambiaba por completo: «Y vendrá el levita… y el extranjero, el huérfano y la viuda que hubiere en tus poblaciones, y comerán y serán saciados» (Deuteronomio 14:29). El diezmo era, en buena medida, un sistema de alimentación para los que no tenían. Nunca fue un impuesto religioso para sostener edificios.

Los levitas no tenían tierra, y por eso recibían

Aquí está el corazón del asunto, y explica todo lo demás. El diezmo tenía un destinatario específico y una razón concreta: «Y he aquí yo he dado a los hijos de Leví todos los diezmos en Israel por heredad, por su ministerio, por cuanto ellos sirven en el ministerio del tabernáculo de reunión» (Números 18:21).

Cuando Israel repartió la tierra prometida, once tribus recibieron territorio. Leví no. No tenían campos que sembrar ni rebaños que criar, porque su vida entera estaba dedicada al servicio del tabernáculo. El diezmo no era un privilegio ni un honor: era su heredad, la compensación exacta por la porción de tierra que no habían recibido. Sin diezmo, los levitas sencillamente no comían.

Esto plantea una pregunta que la tradición evita: si ese sistema existía porque los levitas no tenían heredad, ¿qué queda de él cuando ya no hay levitas, ni tabernáculo, ni tierra repartida por tribus? El teólogo Thomas Schreiner, profesor de Nuevo Testamento en el Southern Baptist Theological Seminary, señala precisamente eso: el sacerdocio levítico dependía de un sistema de sacrificios que Cristo cumplió y cerró.

Y añade algo más: bajo el nuevo pacto, «vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio» (1 Pedro 2:9). Ya no hay una tribu separada que dependa de los demás para sobrevivir. Conviene decirlo con claridad, porque es donde se sostiene la práctica actual: el diezmo en la Biblia está atado a una estructura que dejó de existir.

Pablo nunca puso un porcentaje, y explicó por qué

Cuando el apóstol Pablo organizó la colecta más importante del Nuevo Testamento —una ofrenda para los hermanos pobres de Jerusalén— tuvo la oportunidad perfecta de fijar una cifra. No lo hizo. Dijo esto: «Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre» (2 Corintios 9:7).

Fíjate en las tres condiciones, porque son un examen para cualquier práctica actual. Como propuso en su corazón: la decisión es personal, no impuesta desde afuera. No con tristeza: si duele de la manera equivocada, algo está mal. Ni por necesidad: la palabra griega implica presión, obligación, coacción. Dar bajo amenaza de maldición es exactamente lo que este versículo excluye.

Y unos versículos antes, Pablo pone una frase que debería estar escrita en la pared de cada oficina pastoral: «Porque si primero hay la voluntad dispuesta, será acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene» (2 Corintios 8:12). Nadie puede dar lo que no tiene. Dios no lo pide. Dios no lo espera. Y ninguna ofrenda es más aceptable por dejar vacía una despensa.

Por si quedaba duda, Pablo cierra el argumento: «Porque no digo esto para que haya para otros holgura, y para vosotros estrechez» (2 Corintios 8:13). El propósito de dar nunca fue que unos vivan con holgura mientras otros pasan estrechez. Cuando eso ocurre, el sistema se invirtió.

Sostener al que enseña no es lo mismo que exigir un porcentaje

Sería deshonesto terminar aquí, porque el Nuevo Testamento sí manda sostener a quienes se dedican al ministerio. Pablo lo dice sin rodeos: «Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio» (1 Corintios 9:14). Y a los gálatas: «El que es enseñado en la palabra, haga partícipe de toda cosa buena al que lo instruye» (Gálatas 6:6).

La diferencia no está en si se da, sino en cómo. Una cosa es una congregación que sostiene con gratitud a su pastor, sabe en qué se invierte cada peso y rinde cuentas con transparencia. Otra muy distinta es un porcentaje exigido bajo amenaza espiritual, sin rendición de cuentas y con el mensaje implícito de que quien no cumple está robándole a Dios.

Y hay un límite que la Escritura pone antes que cualquier ofrenda: «Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo» (1 Timoteo 5:8). Proveer para la familia no compite con la fe: es parte de ella. Ningún líder tiene autoridad para pedirle a un padre que entregue lo que sus hijos necesitan para comer.

Jesús mismo puso el orden en su lugar cuando confrontó a los fariseos, que eran diezmadores meticulosos: «Diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23:23). Se puede cumplir el porcentaje al milímetro y estar fallando en lo que de verdad importa.

Reflexión final

Hay familias que salen del templo el domingo habiendo entregado con fe, y llegan a una casa donde la nevera está vacía. Eso no es sacrificio: es un sistema que se torció en algún punto del camino. Y no se arregla con más predicación sobre el dar, sino volviendo a leer lo que está escrito.

Porque la iglesia del libro de los Hechos hizo exactamente lo contrario a lo que hoy se ve en tantos lugares. Allí dice: «Así que no había entre ellos ningún necesitado» (Hechos 4:34). El dinero no subía hacia una estructura: bajaba hacia las personas. Se repartía «a cada uno según su necesidad». Ese era el termómetro.

Santiago lo dijo de una manera que todavía incomoda: «Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?» (Santiago 2:16).

Quizá la pregunta que las iglesias deberían hacerse no sea cuánto está entrando, sino cuánto está saliendo hacia el barrio, hacia la viuda de la esquina, hacia la familia que no llega a fin de mes. Jesús no se paró en la puerta del templo a esperar que la gente llegara con su ofrenda. Salió a buscarla, sanó, alimentó y sirvió. «Tuve hambre, y me disteis de comer» (Mateo 25:35).

Dar es hermoso, y la generosidad transforma. Pero que sea como propuso tu corazón: sin tristeza, sin presión, y según lo que tienes. Nunca según lo que no tienes.

Por: Salvador G. Nuñez

 

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