Una mirada a Proverbios 18 y Santiago 3 para quienes necesitan aprender a callar, escuchar y ponerse en los zapatos del otro.

Fui criado en un hogar muy humilde, donde muchas veces faltaba lo material, pero nunca faltaron los valores. Se lo debo a mi madre, una mujer andina de Trujillo, Venezuela. No tuvo muchos estudios en su juventud; estudió ya adulta, porque luchó por sus sueños hasta alcanzarlos. Lo que más le agradezco es que nos enseñó buenos modales, educación y respeto, un tesoro que ninguna pobreza pudo quitarnos.

En mi casa se daban los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. A las personas se les saludaba mirándolas a los ojos. Si alguien estornudaba, se le decía «salud», y si alguien se iba a acostar, se le deseaba feliz noche y buen descanso. Eso también lo admiro de la cultura italiana, mi otra mitad por herencia paterna, porque en Italia el saludo y el respeto son pilares de la convivencia.

Hoy, escuchando la Dosis Diaria, sentí la necesidad de escribir estas líneas. Le comentaba a mi esposa que el chisme no es algo nuevo; tiene más de 2.600 años. Basta con abrir Proverbios, un libro lleno de sabiduría, para ver lo que Dios dice de los chismosos, de quienes no controlan su lengua y de quienes viven descalificando a otros. Este artículo es un llamado a revisar nuestro corazón y nuestras palabras.

Manjares que envenenan el alma

Proverbios 18:8 lo describe con precisión: «Las palabras del chismoso son manjares, que penetran hasta el fondo de sus entrañas». El chisme se saborea como un bocado apetitoso, pero deja veneno en quien lo cuenta y en quien lo recibe. Por eso aprendí desde niño a no hablar mal de nadie ni a prestar oído al chisme: no me edifica, no me acerca a Dios y no me hace mejor persona.

Un pequeño fuego que incendia un gran bosque

Santiago dedica todo el capítulo 3 a la lengua. La compara con el freno que dirige al caballo, con el timón que gobierna un gran barco y con una chispa capaz de incendiar un bosque entero. Nos recuerda que con la misma boca bendecimos a Dios y maldecimos a los hombres, y eso no debe ser así. Proverbios 18:21 lo resume: «La muerte y la vida están en poder de la lengua».

La paja en el ojo ajeno y la viga en el propio

Jesús advirtió sobre quienes ven la paja en el ojo de su hermano y no la viga que tienen en el suyo. Hay personas tan pequeñas en educación que creen que hablando de los demás se hacen más grandes, que apagando la luz ajena lograrán brillar. Pero quien descalifica a otro no habla mal del otro: habla de sí mismo, porque de la abundancia del corazón habla la boca.

Solo quien lleva el zapato sabe cuánto aprieta

Juzgar es fácil cuando no conocemos la historia completa. Siempre digo que hay que ponerse en los zapatos de los demás, porque solo a quien le aprieta el zapato sabe cuánto le duele el pie. Proverbios 18:13 advierte: «El que responde antes de escuchar, sufrirá el sonrojo de su necedad». Muchos oyen, pero no escuchan; mientras el otro habla, ellos solo maquinan qué van a responder.

Reflexión final: revisa tu corazón antes de abrir tu boca

Quiero hablarle con amor, pero con claridad, a quien vive del chisme. Muchas veces esa conducta no nace de la maldad, sino de heridas antiguas y frustraciones que se arrastran desde la niñez. Lo que se dice del prójimo suele ser el reflejo de lo que se carga por dentro. Si te reconoces en estas líneas, no te condenes; permite que Dios sane lo que la lengua está revelando de tu corazón.

Esto no es solo para quienes no conocen al Señor. Lo he visto también en personas que asisten a la iglesia cada domingo, que cargan una Biblia bajo el brazo y se llenan la boca diciendo que son cristianos. La fe verdadera no se mide por lo que llevamos en las manos, sino por lo que sale de nuestros labios. Santiago nos recuerda que la religión de quien no refrena su lengua es vana.

Proverbios 18:2 dice que «el necio no se deleita en la discreción, sino en publicar lo que piensa». La discreción es una virtud escasa en estos tiempos de redes sociales, donde todos opinan, sentencian y condenan sin conocer. Antes de compartir un comentario, un audio o una publicación sobre alguien, pregúntate si es verdad, si es necesario y si edifica. Si no cumple esas tres condiciones, mejor guarda silencio.

Aprendamos a escuchar de verdad. Santiago nos exhorta a ser prontos para oír, tardos para hablar y tardos para airarnos. Escuchar es un acto de respeto y de amor. Cuando prestamos atención genuina, descubrimos que detrás de cada persona hay luchas que desconocemos, cargas que no vemos y batallas que se libran en silencio, lejos de nuestros juicios apresurados.

Y tenga algo muy claro: la persona que habla mal de otro delante de usted, hablará mal de usted en cuanto dé la espalda. Cuide sus amistades. No se junte con quienes nunca tienen un tema de conversación edificante, porque su propia carencia de cultura, de buenos modales y de educación los lleva siempre a hablar de la vida ajena. Rodéese de personas que construyen, no de quienes destruyen.

Mi madre, sin muchos títulos, me enseñó lo que muchos con diplomas nunca aprendieron: que el respeto se demuestra con la palabra. Hoy te invito a hacer de tu boca una fuente de bendición y no de destrucción. Que tus palabras sean, como dice Proverbios 18:4, aguas profundas y manantial de sensatez. Porque al final, lo que escojas decir, eso mismo comerás.

Por: Salvador G. Nuñez

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