Qué significa edificar sobre la roca cuando la vida se convierte en una avalancha, y cómo saber hoy sobre qué estás construyendo la tuya.

No tenía pensado escribir esto. Pero hace unos días vi en Instagram un video que no he podido quitarme de la cabeza, y entendí que el Señor me estaba llamando a escribirlo. Era la riada del 28 de agosto en Nepal: un glaciar colapsó en la frontera con el Tíbet y bajó por el valle una masa de agua, lodo y piedras que arrasó todo lo que encontró a su paso.

En medio de ese caos, la cámara enfocaba una casa de varias plantas, de color verde claro, completamente rodeada por la corriente. Todo alrededor había desaparecido. Ella seguía ahí. Una familia entera subió al techo y sobrevivió dentro de sus paredes mientras el río se llevaba el resto del pueblo. Las cifras oficiales hablan de 579 cuerpos recuperados y más de 1.900 desaparecidos.

Al ver esa imagen no pude evitar recordar las palabras de Jesús sobre edificar sobre la roca y sobre la arena. Y me hice una pregunta que quiero hacerte a ti también, con todo respeto y sin ánimo de juzgar a nadie: cuando venga tu riada —porque va a venir, a todos nos llega— ¿sobre qué va a estar apoyada tu casa?

La diferencia no se ve hasta que llega el río

Lo primero que impresiona de la parábola es lo que Jesús no dice. No dice que la casa del prudente fuera más bonita, ni más grande, ni que estuviera mejor ubicada. Desde afuera, las dos casas se veían igual. La diferencia estaba abajo, enterrada, donde nadie podía verla. Y así permaneció durante todo el tiempo de bonanza.

«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca» (Mateo 7:24-25).

Fíjate en algo que suele pasarse por alto: la tormenta fue exactamente la misma para los dos. Misma lluvia, mismos ríos, mismos vientos. Jesús no promete que quien decide edificar sobre la roca se libre del temporal; promete que su casa no caerá cuando llegue. La fe no es un techo que evita la lluvia. Es un cimiento que sostiene bajo ella.

Y hay un detalle del caso de Nepal que me parece revelador: ningún reportaje ha podido explicar con certeza por qué aquella casa resistió. Nadie filmó sus cimientos. Nadie estaba ahí el día que se cavó. Solo se supo lo que había debajo cuando el río vino a preguntarlo, y entonces ya era demasiado tarde para cambiarlo.

Oír no es lo mismo que hacer

Aquí está el filo de la parábola, y conviene no suavizarlo. Los dos hombres oyeron las mismas palabras. Jesús es explícito: uno «me oye estas palabras, y las hace», y el otro «me oye estas palabras y no las hace». La diferencia entre la roca y la arena no fue el conocimiento. Fue la obediencia.

«Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina» (Mateo 7:26-27).

Esto incomoda, porque significa que se puede asistir a la iglesia toda la vida, subrayar la Biblia entera, saber de memoria los versículos, y aun así estar construyendo sobre arena. Santiago lo dijo sin adornos: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22).

La palabra que usa Santiago es fuerte: engañándoos. Es posible engañarse a uno mismo escuchando. El sermón produce una sensación de progreso espiritual que no siempre corresponde con lo que ocurre el lunes en la oficina, en la casa, en la conversación difícil que llevas meses evitando. Ahí es donde se pone el cimiento o no se pone.

El fundamento se pone antes de la tormenta

Lucas cuenta la misma parábola y añade tres palabras que Mateo no registra, y que lo cambian todo. Dice que el hombre prudente «cavó y ahondó». No basta con llegar y apoyar. Hubo que excavar, quitar tierra suelta, bajar hasta encontrar piedra firme. Un trabajo lento, sucio, invisible y que nadie aplaude.

«Semejante es al hombre que al edificar una casa, cavó y ahondó y puso el fundamento sobre la roca; y cuando vino una inundación, el río dio con ímpetu contra aquella casa, pero no la pudo mover, porque estaba fundada sobre la roca» (Lucas 6:48).

Ese es el problema de nuestra época: queremos casas rápidas. Construir sobre arena es más barato, más veloz y se ve igual de bien en la foto. Cavar hondo cuesta tiempo que nadie ve, y en un mundo que mide todo por lo visible, la disciplina de la oración, la lectura constante y la obediencia en lo pequeño parecen una pérdida de tiempo.

Pero hay algo que no se puede negociar: el fundamento no se pone durante la inundación. Cuando el agua ya está subiendo, nadie baja a excavar. Se sostiene sobre lo que hizo antes, en los años tranquilos, cuando no pasaba nada y parecía que no hacía falta. Por eso decidir hoy edificar sobre la roca no es un asunto religioso: es un asunto de supervivencia.

Nadie puede poner otro fundamento

Queda la pregunta más importante, y hay que responderla con precisión, porque aquí muchos se equivocan de buena fe. ¿Qué es exactamente la roca? No es tu esfuerzo, ni tu trayectoria en la iglesia, ni tu buena conducta, ni tu capacidad de aguantar. Todo eso, tarde o temprano, se agrieta.

«Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo» (1 Corintios 3:11).

Muchos construyen sobre cimientos que parecen sólidos y no lo son: el trabajo, que puede terminarse en una reunión de quince minutos; el dinero, que una enfermedad borra en un mes; una relación, que depende de la voluntad de otra persona; la salud, que envejece; el reconocimiento, que se olvida. Nada de eso es malo en sí mismo. Simplemente no aguanta el peso de una vida.

Isaías lo anunció siglos antes con una imagen de constructor: «He aquí que yo he puesto en Sion por fundamento una piedra, piedra probada, angular, preciosa, de cimiento estable; el que creyere, no se apresure» (Isaías 28:16). Piedra probada. Ya fue puesta a prueba antes que tú, y resistió. Y el salmista añade la advertencia que cierra el asunto: «Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmo 127:1).

Reflexión final

Aquella familia de Nepal no se salvó por su fe, ni por ser mejor que sus vecinos. Se salvó porque la casa donde estaba tenía un fundamento capaz de resistir. Y no la construyeron el día de la riada: la construyeron años antes, cuando el río bajaba manso y nadie imaginaba lo que vendría.

Las riadas de la vida no avisan. Llegan como llegó aquel glaciar: de repente, de un lugar que ni siquiera mirabas, arrastrando lodo y escombros. Un diagnóstico. Una llamada de madrugada. Un despido. Una traición. Un duelo. Y en esas horas descubres, sin poder hacer nada al respecto, sobre qué habías estado construyendo todo este tiempo.

Por eso este artículo es un llamado de atención, y me lo hago primero a mí mismo. La pregunta no es si sabemos la parábola —casi todos la sabemos— sino si la estamos haciendo. Si lo que oímos el domingo cambia algo el martes. Si estamos cavando hondo o simplemente apoyando la casa sobre la arena bonita de nuestras buenas intenciones.

Todavía hay tiempo. Mientras el río baje manso, se puede cavar. Se puede volver a lo básico: la Palabra leída de verdad, la oración sin prisa, el perdón que llevas años aplazando, la obediencia en lo que ya sabes que tienes que hacer. Nadie ve ese trabajo, igual que nadie vio los cimientos de aquella casa verde en Nepal. Pero el día que venga la corriente, se va a notar.

«Y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca.»

Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960 (RVR1960).

En Aires de Gracia no somos indiferentes a lo que le sucede a otras personas: Con nuestras oraciones por las víctimas y las familias afectadas por la tragedia de Nepal.

Por: Salvador G. Nuñez

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *