Ser creyente se demuestra mucho más con la vida que con una etiqueta.

Hay palabras que, de tanto repetirlas, corren el peligro de perder su verdadero significado. Una de ellas es «cristiano». La escuchamos con frecuencia para identificar una fe, una iglesia o incluso una manera de pensar, pero decirla no demuestra necesariamente que nuestra vida refleje a Jesucristo. Ser creyente es mucho más que adoptar una denominación, ocupar una silla cada domingo o aprender un lenguaje religioso. Es haber creído en Cristo y procurar que esa fe pueda reconocerse también en nuestra manera de vivir.

Yo, Salvador G. Núñez, prefiero definirme sencillamente como creyente. Creí en Jesucristo, me entregué a Él y lo reconocí como mi Señor y Salvador. No necesito que una etiqueta denominacional determine mi relación con Dios, porque mi fe está puesta en Cristo. Respeto profundamente a los pastores, maestros y líderes que temen a Dios, enseñan fielmente su Palabra y sirven con humildad; pero ningún hombre puede ocupar el lugar que solamente le corresponde al Señor. «Pues hemos puesto la esperanza en el Dios viviente» (1 Timoteo 4:10).

Precisamente por eso me preocupa cuando encuentro personas que llegan a una iglesia buscando a Dios, consuelo, dirección o simplemente un lugar donde sentirse acompañadas, y terminan encontrando juicio, murmuración, indiferencia o luchas internas. No estoy generalizando: existen congregaciones y líderes que realizan una hermosa labor. Pero también existen ambientes donde se habla mucho de amor mientras cuesta demasiado demostrarlo. La iglesia no puede anunciar una comunidad de amor desde el púlpito y comportarse como un círculo cerrado cuando termina la reunión.

También debemos mirarnos individualmente. Podemos repetir «soy cristiano», llevar una Biblia debajo del brazo, conocer versículos y participar durante años en una congregación; pero existe un testimonio que habla mucho más fuerte que nuestras palabras: nuestra conducta. Cómo tratamos al que no puede ofrecernos nada, qué decimos de los demás cuando no están presentes, cómo reaccionamos cuando nos contradicen, si murmuramos, humillamos, señalamos o vivimos creyéndonos espiritualmente superiores. Pablo lo expresó claramente: «Sé ejemplo de los creyentes en palabra, en conducta, en amor, en fe, en pureza» (1 Timoteo 4:12).

Por eso este artículo no pretende atacar a la Iglesia ni colocar a todos los líderes bajo sospecha. Es un llamado, comenzando por quien escribe estas palabras, a examinarnos delante de Dios. También es una invitación a cada creyente a leer la Biblia, escudriñar las Escrituras y desarrollar discernimiento para no depender exclusivamente de lo que otro diga desde un púlpito. Porque podremos engañar a quienes observan nuestra apariencia, pero jamás al Dios que conoce lo profundo del corazón. Antes de preguntarnos qué nombre lleva nuestra iglesia, quizá deberíamos preguntarnos cuánto de Cristo puede verse realmente en nosotros.

Por: Salvador G. Nuñez

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