Cuando todo lo que acumulamos es pasajero, solo un corazón que ama a Dios y al prójimo es verdaderamente rico delante de Dios.

Hubo un hombre que lo tuvo todo. Fundó un imperio financiero, construyó y piloteó los aviones más modernos de su época, fue dueño de estudios de cine y se codeó con las estrellas de Hollywood. Quería más dinero, más placer, más poder, y lo consiguió. Sin embargo, sus biógrafos cuentan que Howard Hughes terminó sus días encerrado, enfermo y consumido, pesando apenas 54 kilos. Murió siendo dueño de una fortuna inmensa… y de nada más que un ataúd.
Su historia nos deja una pregunta incómoda. Si hubiera cerrado un negocio más, ganado un millón más o producido una película más, ¿le habría bastado? Nosotros no buscamos estudios de cine, pero también vivimos esperando «lo que sigue»: el carro nuevo, el ascenso, la casa propia, el día en que por fin paguemos las deudas. Y cuando llega, la satisfacción dura poco. Siempre queremos un poco más, como quien se rasca una picazón que nunca se va.
La Biblia tiene una respuesta para esa sed que nada calma. Jesús no nos llamó a ser ricos en esta tierra, sino a ser ricos delante de Dios. Es una riqueza que no se mide en cuentas bancarias, ni en títulos, ni en seguidores. Se mide en otra moneda: la del amor a Dios y a las personas. Y es la única fortuna que vamos a poder llevarnos cuando termine el juego de la vida.
1. Fuimos creados para algo que esta tierra no puede darnos
«El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto. También esto es vanidad.» — Eclesiastés 5:10
Nadie hizo el experimento como Salomón. Tuvo más riquezas, sabiduría y placeres que cualquier hombre de su tiempo, y él mismo escribió: «No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan». Su conclusión fue que todo era vanidad. ¿Por qué nada nos satisface plenamente aquí? Porque Dios «ha puesto eternidad en el corazón» del ser humano (Eclesiastés 3:11). Fuimos hechos para otro mundo, y todo lo de este se queda corto. Por eso Pablo llama a la avaricia idolatría (Colosenses 3:5): es buscar en las cosas lo que solo Dios puede dar. Ser rico delante de Dios empieza por reconocer que el alma tiene hambre de eternidad.

2. Jesús baja la escalera mientras nosotros queremos subirla
«Se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» — Filipenses 2:7-8
Vivimos en una escalera de comparaciones. Miramos a los que están más arriba y sentimos envidia; miramos a los de nuestro nivel y competimos; miramos a los de abajo y nos llenamos de orgullo. Jesús hizo exactamente lo contrario: siendo Dios, bajó. Se hizo hombre, nació en un establo, se hizo siervo y bajó hasta la cruz. Quien se pasa la vida subiendo escalones termina pasando de largo a Jesús, porque Él siempre está más abajo, lavando pies. Si miráramos hacia abajo, veríamos cuánto tenemos: comida en la mesa, un techo, salud, libertad. Por eso Pablo dijo: «He aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación» (Filipenses 4:11). La gratitud no llega cuando tenemos suficiente; es un músculo que se ejercita, y es parte de ser rico delante de Dios.
3. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón
«No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo… Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.» — Mateo 6:19-21
Nadie gastaría todos sus ahorros decorando un cuarto de motel donde va a pasar solo dos noches. Sin embargo, eso hacemos cuando invertimos la vida entera en lo que es pasajero. «Nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar» (1 Timoteo 6:7). Nunca se ha visto un camión de valores siguiendo a un cortejo fúnebre. Imagina pegarle una etiqueta que diga «pasajero» a tu carro, a tu casa, a tus muebles y a tu ropa. Y otra que diga «eterno» a tu familia, a tus amigos, al desconocido del mostrador y hasta a la persona que te cae mal. Eso es lo que permanece. Tu estado de cuenta y tus gastos revelan dónde está tu corazón, porque no se puede amar sin dar. Dios no quiere bendecirnos para tener más lujos, sino para bendecir a otros.
4. Ser rico delante de Dios: amar a Dios y amar a la gente
«Así le sucede al que acumula riquezas para sí mismo, en vez de ser rico delante de Dios.» — Lucas 12:21 (NVI)
Jesús contó la historia de un hombre que tuvo una gran cosecha y decidió construir graneros más grandes para guardarlo todo y darse la buena vida. Pero Dios le dijo: «Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?» (Lucas 12:20). La palabra que le faltó fue «pasajero». Cuando la vida termine, millonarios y obreros estaremos por igual delante de Dios, y solo importará su evaluación. ¿Qué significa entonces ser rico delante de Dios? Jesús lo resumió en dos mandamientos: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón… y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:37-39). Nadie que viva así puede ser pobre ante los ojos de Dios, y nadie que deje de hacerlo puede ser rico, aunque lo tenga todo.

Reflexión final
Al final del camino nadie pide ver su estado de cuenta ni cuenta cuántos «me gusta» tuvo en las redes. En la última estación de la vida solo importa una pregunta: ¿estoy bien con Dios? Los títulos se olvidan, los carros se oxidan y las casas pasan a otras manos. Solo permanece lo que se hizo por amor a Dios y a las personas. Por eso hoy es el día de decidir cómo queremos que nos recuerden: como alguien que acumuló cosas o como alguien que amó, ayudó y bendijo. Tal vez el primer paso sea dar gracias por lo que ya tienes, pegar mentalmente la palabra «pasajero» sobre lo que te roba la paz y «eterno» sobre las personas que Dios puso a tu lado. Pídele hoy al Señor un corazón agradecido y generoso. Esa es la verdadera fortuna: ser rico delante de Dios.
Por: Salvador G. Nuñez
