Los hijos de Israel llevan el nombre que Dios le dio a Jacob una noche de lucha. Leyendo Éxodo 6 descubrí por qué ese cambio de nombre importa, también, para nosotros hoy.

Leyendo Éxodo 6 hubo algo que me llamó profundamente la atención: Dios habla una y otra vez de los hijos de Israel. No dice «los descendientes de Abraham», ni «los hebreos», ni «los esclavos de Egipto». Dice «los hijos de Israel». Y en ese momento recordé algo que había leído hace años: Israel no siempre fue un nombre de pueblo. Primero fue el nuevo nombre de un hombre, y fue Dios mismo quien se lo puso.
Esa pregunta me llevó a recorrer la Biblia desde el Génesis hasta el Éxodo, porque detrás de dos palabras tan sencillas hay una historia enorme. Esa es la historia de los hijos de Israel: hay una noche de lucha junto a un río, un anciano que cojea de por vida, doce hijos, una familia que baja a Egipto y un pueblo entero que clama a Dios bajo el látigo. Y en medio de todo, una promesa que Dios jamás olvidó.
Este artículo es una invitación a seguir ese hilo conmigo: ver cómo Jacob se convirtió en Israel, cómo una familia se convirtió en los hijos de Israel, y qué nos dice Éxodo 6 sobre un Dios que recuerda su pacto cuando todos los demás ya se olvidaron.
1. Jacob se convierte en Israel: un nombre nuevo para un hombre herido
«Y le dijo: No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido.» — Génesis 32:28
Para entender a los hijos de Israel hay que empezar por su padre. Jacob nació agarrado del talón de su hermano (Génesis 25:26), y de allí viene su nombre, que se relaciona con la palabra «talón» y con la idea de suplantar. Años después, él mismo lo confirmó con dolor cuando Esaú dijo: «Bien llamaron su nombre Jacob, pues ya me ha suplantado dos veces» (Génesis 27:36). Era un hombre cuyo nombre contaba su historia: engaño, huida, miedo.
Y una noche, solo, a punto de encontrarse con el hermano al que había defraudado, un varón luchó con él hasta el amanecer. Antes de bendecirlo, le hizo una pregunta que lo desnudó por completo: «¿Cuál es tu nombre?». Y Jacob respondió con la verdad: «Jacob» (Génesis 32:27). Dicho de otro modo: «Soy el que suplanta, el que engaña». Solo después de esa confesión llegó el cambio: «No se dirá más tu nombre Jacob, sino Israel».
El nombre Israel se explica tradicionalmente por dos palabras hebreas: una que significa luchar o contender, y «El», que significa Dios. Por eso suele traducirse como «el que lucha con Dios» o «el que prevalece con Dios». Los estudiosos discuten los matices de ese significado, pero la Escritura misma da la razón: «has luchado con Dios y con los hombres, y has vencido». Y el profeta Oseas añade un detalle que casi nadie recuerda: en esa lucha Jacob «venció al ángel, y prevaleció; lloró, y le rogó» (Oseas 12:4). Es decir, no ganó con fuerza: ganó llorando y aferrándose a Dios. Quedó cojeando, pero bendecido, y dijo: «Vi a Dios cara a cara, y fue librada mi alma» (Génesis 32:30).
Años más tarde, en Bet-el, Dios le confirmó el nombre: «Tu nombre es Jacob; no se llamará más tu nombre Jacob, sino Israel será tu nombre» (Génesis 35:10). Dios no solo le cambió la etiqueta; le cambió la identidad, y esa nueva identidad es la que heredarían los hijos de Israel. Ya lo había hecho con Abram, a quien le dijo: «No se llamará más tu nombre Abram, sino que será tu nombre Abraham, porque te he puesto por padre de muchedumbre de gentes» (Génesis 17:5). Cuando Dios cambia un nombre, está diciendo quién va a ser esa persona, no quién fue.

2. De una persona a un pueblo: los doce hijos y los hijos de Israel
«Todos éstos fueron las doce tribus de Israel, y esto fue lo que su padre les dijo, al bendecirlos; a cada uno por su bendición los bendijo.» — Génesis 49:28
Jacob tuvo doce hijos, y de ellos nacieron las doce tribus. Cuando la Biblia empieza a hablar de «los hijos de Israel», se refiere primero a eso: a los hijos del hombre que llevaba el nombre nuevo. El libro de Éxodo lo dice desde su primer versículo: «Estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto con Jacob; cada uno entró con su familia» (Éxodo 1:1). Y cuenta que todas las personas que le nacieron a Jacob fueron setenta (Éxodo 1:5). Setenta personas entraron en Egipto, una familia pequeña, un clan.
Pero con los años esa familia creció hasta ser una multitud, y el nombre del padre pasó a ser el nombre del pueblo. Fíjese en algo muy tierno: cuando Dios envía a Moisés a hablar con el faraón, no le dice «diles que Israel es mi nación». Le dice: «Israel es mi hijo, mi primogénito» (Éxodo 4:22). Para Dios, los hijos de Israel no eran una masa de esclavos; eran una familia con un Padre. Y por eso el faraón no estaba oprimiendo a una nación cualquiera: estaba maltratando al primogénito de Dios.
3. Éxodo 6: el Dios que recuerda su pacto
«Y asimismo yo he oído el gemido de los hijos de Israel, a quienes hacen servir los egipcios, y me he acordado de mi pacto.» — Éxodo 6:5
El capítulo 6 llega en un momento difícil. Moisés había ido al faraón, y en vez de alivio, la carga del pueblo había empeorado. Todos estaban desanimados. Y entonces Dios le habló a Moisés con una declaración solemne: «Yo soy JEHOVÁ», y le explicó que a Abraham, a Isaac y a Jacob se había manifestado como Dios Omnipotente, pero que ahora se iba a dar a conocer por su nombre (Éxodo 6:2-3).
Lo que más me conmueve es el verbo que usa Dios: «me he acordado de mi pacto». No es que Dios se hubiera olvidado y de pronto recordara; la Biblia usa ese lenguaje para decir que Dios se pone en movimiento. Ya lo había dicho el capítulo 2: «Y oyó Dios el gemido de ellos, y se acordó de su pacto con Abraham, Isaac y Jacob» (Éxodo 2:24). Pasaron cuatrocientos años, cambiaron las generaciones, murieron los patriarcas… y el pacto con los hijos de Israel seguía en pie. Las promesas de Dios no caducan con el tiempo.
Y fíjese también en el versículo 9, que casi siempre pasamos por alto: Moisés les repitió el mensaje a los hijos de Israel, «pero ellos no escuchaban a Moisés a causa de la congoja de su espíritu, y de la dura servidumbre». Dios no se enojó con los hijos de Israel. Entendió que había un dolor tan grande que no les dejaba espacio para la esperanza. La promesa de Dios no dependía de que ellos la creyeran en ese momento; dependía de que Él es fiel.
4. Las promesas «yo haré» de Éxodo 6:6-8
«Por tanto, dirás a los hijos de Israel: Yo soy Jehová; y yo os sacaré de debajo de las cargas de los egipcios, y os libraré de su servidumbre, y os redimiré con brazo extendido, y con juicios grandes.» — Éxodo 6:6
En estos versículos Dios pronuncia una cadena de promesas, todas con el mismo comienzo: «yo». No dice «ojalá», ni «veremos», ni «intenten». Dice «yo»:
- «Yo os sacaré» de debajo de las cargas de Egipto.
- «Os libraré» de su servidumbre.
- «Os redimiré» con brazo extendido.
- «Os tomaré por mi pueblo», y «seré vuestro Dios» (v. 7).
- «Os meteré» en la tierra prometida, y «yo os la daré por heredad» (v. 8).
La tradición judía reconoce cuatro de estas expresiones (sacar, librar, redimir y tomar) y las relaciona con las cuatro copas de vino de la cena de la Pascua; la quinta, «os meteré en la tierra», la distingue de las otras cuatro. Sea cual sea la manera de contarlas, el punto es el mismo, y vale para todos los hijos de Israel de ayer y de hoy: la salvación de los hijos de Israel comenzó con Dios, avanzó con Dios y terminó con Dios. Ellos no se rescataron a sí mismos. Y fíjese en el orden: primero los saca, luego los libra, luego los redime, y solo después los toma como suyos. Dios no esperó a que estuvieran limpios para llamarlos «mi pueblo»: los llamó suyos y después los transformó.
5. ¿Quiénes forman parte de los hijos de Israel?
«Porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia.» — Romanos 9:6-7
Hasta aquí hemos hablado de la familia y de la historia. Pero el apóstol Pablo, que era hebreo de hebreos, nos hace una pregunta más profunda: ¿qué es lo que realmente define al pueblo de Dios? Su respuesta es que descender de Jacob es un punto de partida muy honroso, pero lo que da identidad es la promesa y el pacto. Esa fue la idea de Dios desde el Sinaí: «Vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos… y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:5-6).
Eso no significa que la Iglesia haya reemplazado a Israel. El mismo Pablo, hablando de su pueblo, dice que «irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Romanos 11:29). Significa algo más hermoso: que la puerta de la promesa está abierta para todos los que creen en el Mesías. Como escribe el apóstol a los gálatas: «Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa» (Gálatas 3:29). Quienes no nacimos entre los hijos de Israel fuimos recibidos en esa promesa por gracia, y eso nos debe llenar de gratitud y de respeto hacia el pueblo del que vino nuestro Salvador.

Reflexión final
Después de recorrer estos textos, me quedé pensando en dos cosas. La primera: Dios siempre ve más allá de lo que somos hoy. Cuando miró a Jacob, no vio solo al suplantador; vio a Israel, al hombre que lucharía con Dios y prevalecería. Algo parecido hace con usted y conmigo. Quizás hay un nombre que otros le pusieron, o que usted mismo se puso por un error del pasado: «fracasado», «culpable», «el que no sirve». Pero Dios le dice lo que le dijo a su pueblo siglos después por medio de Isaías: «No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú» (Isaías 43:1).
La segunda: el Dios que escuchó el gemido de los hijos de Israel en Egipto es el mismo que escucha el suyo. Quizás usted también está tan cansado, con tanta congoja de espíritu, que ya no logra escuchar la promesa. Está bien. Dios no depende de su fuerza para cumplirla. Él sigue acordándose de su pacto, sigue oyendo el gemido de los que sufren y sigue diciendo «yo os sacaré», «yo os libraré», «yo os redimiré».
Hoy le invito a hacer una oración sencilla: dar gracias a Dios por su fidelidad, pedirle que le recuerde quién es usted en Cristo y que le ayude a vivir como parte de un pueblo que le pertenece. Porque la historia de los hijos de Israel nos enseña, antes que nada, que Dios cumple lo que promete. Y si lo hizo con ellos, lo hará también con usted.
Por: Salvador G. Nuñez
Citas bíblicas de este artículo (RVR1960)
Génesis 17:5 · Génesis 25:26 · Génesis 27:36 · Génesis 32:27 · Génesis 32:28 · Génesis 32:30 · Génesis 35:10 · Génesis 49:28 · Éxodo 1:1 · Éxodo 1:5 · Éxodo 2:24 · Éxodo 4:22 · Éxodo 6:2-3 · Éxodo 6:5 · Éxodo 6:6-8 · Éxodo 6:9 · Éxodo 19:5-6 · Isaías 43:1 · Oseas 12:4 · Romanos 9:6-7 · Romanos 11:29 · Gálatas 3:29
