Cuando la fe se vuelve costumbre, solo el creyente que despierta vuelve a caminar en la luz.

Hay un llamado en las Escrituras que suena casi como una alarma: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo.» Efesios 5:14 no está dirigido a los que nunca han creído, sino a una iglesia. Pablo les escribe a personas que ya conocían a Dios y, sin embargo, se habían quedado dormidas. Y esa es quizá la advertencia más incómoda para nuestros días: se puede estar en la fe y, al mismo tiempo, estar dormido.

El sueño espiritual casi nunca llega de golpe. Llega poco a poco, como llega el sueño en una tarde tibia. Primero se acorta la oración, luego se aplaza la lectura, después el culto se vuelve una costumbre de domingo y la pantalla del teléfono ocupa el lugar que antes tenía la Palabra. Nadie decide dormirse; simplemente deja de estar alerta. Y lo más peligroso del letargo es que no duele: se siente como descanso mientras la lámpara se va apagando.

Frente a esa realidad aparece el llamado: despierta tú que duermes. El texto no dice «esfuérzate más» ni «vuelve a empezar de cero». Dice despierta, levántate, y promete que la luz no la pone uno, sino Cristo. Despertar es un acto de valentía y también de humildad. Es reconocer que nos dormimos y abrir los ojos hoy, no mañana, porque el tiempo que se pierde durmiendo no vuelve.

1. El letargo espiritual no avisa, simplemente se instala

«Y tardándose el esposo, cabecearon todas y se durmieron.» — Mateo 25:5

En la parábola de las diez vírgenes hay un detalle que casi siempre pasamos por alto: se durmieron todas, las prudentes y las insensatas. El sueño no fue el problema exclusivo de unas pocas; fue la tentación de todas mientras la espera se alargaba. La diferencia estuvo en el aceite, en lo que cada una había guardado antes de cerrar los ojos. Así funciona el letargo: aprovecha la demora, el cansancio y la rutina para instalarse sin hacer ruido. Por eso el llamado sigue vigente: despierta tú que duermes, antes de que se escuche el clamor de medianoche y la lámpara esté vacía.

2. Despierta tú que duermes: la luz no es tuya, es prestada

«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.» — Juan 8:12

Nadie se despierta a sí mismo en una habitación completamente oscura. Hace falta que entre la luz. El versículo de Efesios no termina en la orden, termina en la promesa: te alumbrará Cristo. Eso nos libra de la presión de fabricar nuestro propio avivamiento a fuerza de voluntad. El creyente que despierta no es el más fuerte, sino el que se deja alumbrar. Despierta tú que duermes no es un regaño; es una invitación a abrir las cortinas y dejar que la luz haga su trabajo.

3. Velar es una decisión diaria, no una emoción del domingo

«Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.» — Mateo 26:41

Jesús les pidió a sus discípulos una sola hora de vigilia en Getsemaní, y los encontró durmiendo. No eran malos hombres; eran hombres cansados, con buenas intenciones y carne débil. Esa escena nos retrata a muchos de nosotros: queremos estar despiertos, pero el cuerpo, la agenda y las distracciones nos vencen. Por eso velar no puede depender de cómo nos sentimos, sino de una decisión que se renueva cada mañana. Despierta tú que duermes es una palabra para el lunes, no solo para el domingo.

4. Es ya hora de levantarnos del sueño

«Y esto, conociendo el tiempo, que es ya hora de levantarnos del sueño; porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos.» — Romanos 13:11

Pablo no dice «algún día», dice «ya es hora». Hay una urgencia santa en sus palabras, la misma de quien ve que la noche está avanzada y el día se acerca. Levantarse del sueño implica soltar las cobijas de la comodidad, desechar lo que nos adormece y vestirnos de lo que nos mantiene alerta. No se trata de vivir con ansiedad, sino con propósito. Quien entiende el tiempo en que vive no puede seguir durmiendo tranquilo. Despierta tú que duermes, porque el día ya está tocando la puerta.

Reflexión final

Efesios 5:14 no nos acusa; nos despierta. Todos hemos tenido temporadas en las que la fe se nos quedó dormida entre las preocupaciones, el cansancio y las pantallas que nunca se apagan. La buena noticia es que el llamado no es para los perfectos, sino para los que duermen, y eso nos incluye a todos. Despertar no exige tenerlo todo resuelto; exige abrir los ojos y dejar que Cristo alumbre desde donde estamos hoy. Quizá el primer paso sea volver a una oración sencilla en la mañana, abrir la Biblia antes que el teléfono o regresar a la comunión que dejamos de lado. La lámpara todavía puede encenderse. Que hoy sea el día en que usted escuche la voz que dice: despierta tú que duermes, y te alumbrará Cristo.

Por: Salvador G. Nuñez

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