El pueblo de Israel es la raíz de nuestra fe y de allí vino Jesús. Una reflexión bíblica sobre la libertad, el odio de los regímenes totalitarios y el llamado a orar por la paz de Jerusalén.

Hace unos días escuché a un invitado hablar sobre un tema que siempre me ha llamado la atención: el odio que muchos regímenes totalitarios sienten hacia el pueblo de Israel. Como venezolano, lo viví de cerca. En 2009, Hugo Chávez expulsó al embajador de Israel y rompió relaciones con ese país, y Nicolás Maduro continuó por el mismo camino. No es un caso aislado: Cuba rompió relaciones con Israel desde 1973, el gobierno de Nicaragua ha hecho lo mismo, los líderes de Irán llaman abiertamente a su destrucción, Corea del Norte nunca lo ha reconocido y, en 2024, el entonces presidente Gustavo Petro también rompió relaciones de Colombia con Israel.

¿Por qué tanto rechazo hacia un pueblo tan pequeño? Cada uno puede sacar sus conclusiones, pero como creyente no puedo dejar de pensar en lo que Dios le prometió a Abraham: «Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3). Esa promesa no la escribió un político ni un historiador. Está en la primera página de la historia del pueblo de Israel, y sigue siendo palabra de Dios.

Yo amo al pueblo de Israel. No por una postura política, sino porque la Biblia me enseña que es el pueblo que Dios escogió, y porque de allí vino mi Señor y Salvador. Jesús es judío: nació en Belén de Judea, de la tribu de Judá, del linaje del rey David. Por eso oro por Israel y por la paz de Jerusalén. Pero también oro por mi Venezuela, por Colombia, por Cuba, por Nicaragua y por Corea del Norte, naciones donde tanta gente sufre. Porque quien ha conocido a Jesús no puede ser indiferente al dolor de los demás.

1. Un Dios que libera

«Bien he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor a causa de sus exactores; pues he conocido sus angustias, y he descendido para librarlos de mano de los egipcios.» — Éxodo 3:7-8

En el libro de Éxodo, Dios se revela como el Dios que libera. Ve la aflicción, escucha el clamor, conoce el dolor… y desciende para librar a su pueblo de la esclavitud. Desde entonces, el pueblo de Israel ha llevado la libertad en el corazón: cada año, en la Pascua, recuerda que Dios lo sacó de Egipto. Y esa misma libertad es la que Dios quiere para todo ser humano. Nos creó con libre albedrío, capaces de escoger, y Pablo lo dice con claridad: «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Corintios 3:17). Quizás por eso los regímenes que oprimen a sus pueblos se sienten tan incómodos frente a una nación cuya identidad nació de una liberación.

2. Bendeciré a los que te bendijeren

«Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.» — Génesis 12:2

Cuando Dios llamó a Abraham, no lo bendijo solo para él. Le dijo: «serás bendición». Y más adelante declaró sobre su pueblo: «Vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos… y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:5-6). Dios no se arrepiente de sus promesas: «Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios» (Romanos 11:29). No me toca a mí juzgar a las naciones; ese juicio le pertenece a Dios. Pero sí me toca escoger de qué lado quiero estar: del lado de la bendición. Y bendecir no significa odiar a otros pueblos, sino amar lo que Dios ama y orar para que su propósito se cumpla.

3. Nuestra fe tiene raíces judías

«Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los judíos.» — Juan 4:22

Muchos cristianos olvidan algo tan sencillo como esto: el Nuevo Testamento comienza diciendo «Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1). María, la madre de Jesús, era judía de Nazaret; José era «de la casa de David» (Lucas 1:27); Juan el Bautista era hijo del sacerdote Zacarías; Pedro, Andrés, Santiago y Juan eran pescadores judíos de Galilea; y Pablo se describía como «hebreo de hebreos» (Filipenses 3:5). Pablo resume así lo que recibimos de Israel: «de quienes son la adopción, la gloria, el pacto, la promulgación de la ley, el culto y las promesas… de los cuales, según la carne, vino Cristo» (Romanos 9:4-5). Despreciar al pueblo de Israel es olvidar la raíz que sostiene nuestra fe.

4. Orar por Jerusalén y por todas las naciones

«Pedid por la paz de Jerusalén; sean prosperados los que te aman.» — Salmo 122:6

La Biblia nos manda orar por Jerusalén, y también «que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia» (1 Timoteo 2:1-2). Por eso oro por Israel, pero también por los pueblos que viven bajo gobiernos que gastan fortunas en armas, en represión y, en el caso de Corea del Norte, en armas nucleares, mientras la gente pasa hambre. Pienso en mis hermanos venezolanos, en los cubanos, en los nicaragüenses, en los norcoreanos. Jesús, «al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor» (Mateo 9:36). Esa compasión es la que debe marcar nuestra oración: sin odio hacia nadie, ni siquiera hacia quienes odian, porque Él mismo nos dijo: «Amad a vuestros enemigos» (Mateo 5:44).

Reflexión final

Algo que he aprendido en mi relación con Dios es que los que nos llamamos creyentes no podemos ser indiferentes a lo que le pasa a los demás. Jesús no lo fue. Cuando se acercó a Jerusalén y vio la ciudad, «lloró sobre ella» (Lucas 19:41). No basta con ir a una iglesia: lo que distingue a un creyente es su transformación, y esa transformación tiene que verse en cómo trata a los demás y en cómo ora por ellos. Si no se refleja en nuestra vida diaria, déjeme decírselo con el mayor respeto: estaríamos siendo fariseos religiosos. Entre los cristianos hay distintas maneras de entender la política de Medio Oriente, y no pretendo resolverlas en estas líneas. Pero ningún hijo de Dios puede alimentar el odio contra el pueblo del que nació nuestro Salvador, ni contra ningún otro pueblo. Hoy le invito a hacer una oración sencilla: por la paz de Jerusalén, por la libertad de Venezuela, Cuba, Nicaragua y Corea del Norte, por Colombia y por la nación donde usted vive. Que el Dios que ve la aflicción, oye el clamor y desciende para librar, tenga misericordia de todos los pueblos de la tierra.

Por: Salvador G. Nuñez

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