Cuando la oración no recibe la respuesta que esperábamos, decirle a Dios «aunque no me lo des, te adoraré» revela si lo amamos a Él o solo lo que nos puede dar.

Un padre estaba sentado en la sala cuando su hijo pequeño se le acercó, se le subió a las piernas y le dio un abrazo largo. «Te quiero mucho, papá», le dijo. Al padre se le derritió el corazón. Pero un minuto después vino la frase que lo explicaba todo: «Papá, ¿me compras el juguete que vimos ayer?». El padre sonrió y le hizo una pregunta que todavía resuena: «Hijo, ¿tú me quieres a mí… o quieres lo que yo te puedo dar?».

Esa misma pregunta Dios nos la hace a nosotros. Muchas veces llegamos a Él con una especie de factura de fidelidad en la mano: «Señor, yo oro, yo ayuno, yo sirvo, yo voy a la iglesia… ahora te toca a ti». Y mientras la respuesta llega como la pedimos, todo va bien. El problema aparece cuando Dios guarda silencio o, peor aún, cuando dice que no. Ahí descubrimos qué hay realmente en el corazón.

¿Seguiría Dios siendo suficiente para ti si no te diera eso que tanto le pides? No es una pregunta fácil, pero es necesaria. Hay quienes levantan las manos llenas de peticiones y quienes aprenden a levantarlas vacías, rendidas, diciendo: «Te quiero más a ti que a eso que te pido». Esta es la fe que la Biblia nos enseña, la que es capaz de orar con sinceridad: aunque no me lo des, Señor, yo te seguiré adorando.

1. El «aun así» de Habacuc: alegrarse en Dios cuando todo falta

«Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová, y me gozaré en el Dios de mi salvación.» — Habacuc 3:17-18

Habacuc no escribió estas palabras en un día de abundancia. Las escribió frente a un panorama de pérdida total: sin cosecha, sin frutos, sin ganado, sin sustento. Y, sin embargo, en medio de todo aparece una expresión que lo cambia todo: «con todo». Es el «aun así» de la fe. El profeta no se alegra por lo que tiene, porque no tiene nada; se alegra en Quién tiene. Su gozo no depende de la higuera ni del olivo, sino del Dios de su salvación. Esa es la diferencia entre una fe que se apoya en las circunstancias y una fe que se apoya en Dios. Decir «aunque no me lo des» no es resignación amarga; es la declaración de alguien que descubrió que Dios mismo es el tesoro.

2. ¿Amamos a Dios de balde o por lo que nos da?

«Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allá. Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.» — Job 1:21

En el libro de Job, Satanás lanza una acusación que nos toca a todos: «¿Acaso teme Job a Dios de balde?» (Job 1:9). En otras palabras: «Job no te ama a ti, ama lo que le das. Quítale las bendiciones y verás». Y Job lo perdió casi todo: sus bienes, sus hijos, su salud. Pero en lugar de maldecir, se postró y adoró. La bendición nunca puede reemplazar al que bendice. Dios no está buscando clientes que vienen a cobrar un servicio; está buscando hijos que lo aman por quién es. Es cierto que Jesús dijo: «Pedid, y se os dará» (Mateo 7:7), y podemos pedir con confianza. Pero la relación con Dios no es una transacción. Un corazón que puede decir «aunque no me lo des, bendito sea tu nombre» demuestra que su amor por Dios no tiene precio.

3. Los «no» de Dios también son amor

«Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.» — Proverbios 3:5-6

Nosotros vemos un pedazo de la historia; Dios ve la historia completa. Por eso algunos de sus «no» son protección, porque nos libran de algo que nos haría daño. Otros son dirección, porque nos llevan por un camino mejor que el que habíamos planeado. Y otros son preparación, porque todavía no estamos listos para recibir lo que pedimos. Santiago nos recuerda que «la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna» (Santiago 1:3-4). La espera no es tiempo perdido: es como la semilla que, mientras parece que no pasa nada en la superficie, está echando raíces. No confundas el silencio de Dios con su ausencia. Y mientras esperas, pregúntate: ¿en quién me estoy convirtiendo? Muchas veces, mientras aguardamos nuestra respuesta, Dios nos usa para ser la respuesta de otros.

4. El «sin embargo» de Getsemaní: aunque no me lo des, hágase tu voluntad

«Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» — Lucas 22:42

En el huerto de Getsemaní, Jesús mismo presentó una petición sincera: que pasara de Él aquella copa de sufrimiento. Y el Padre no se la quitó. Pero en su oración aparece la palabra que sostiene toda la fe cristiana: «pero». No se haga mi voluntad, sino la tuya. Ese fue el «aunque no me lo des» más grande de la historia. Detrás de ese «no» del Padre venía la cruz del viernes, sí, pero también la tumba vacía del domingo. Lo que parecía una respuesta negativa era el camino hacia la mayor victoria: nuestra salvación. Cuando rindes tu voluntad a Dios, no pierdes; estás confiando en que Él sabe escribir un domingo de resurrección después de tu viernes más oscuro.

Reflexión final

Cuando Israel peleaba contra Amalec, Moisés subió al monte con las manos en alto, y mientras sus manos permanecían levantadas, el pueblo prevalecía (Éxodo 17:11-12). Hoy Dios te invita a levantar tus manos también, pero no llenas de peticiones y de facturas de fidelidad, sino vacías y rendidas. Manos que dicen: «Señor, te quiero más a ti que a eso que te pido». Tal vez estás esperando una sanidad, un trabajo, la restauración de tu familia o una puerta que no se abre. Sigue pidiendo, porque Él es un Padre bueno que escucha. Pero que tu oración termine como la de Jesús y la de Habacuc: si llega pronto, te adoraré; si llega tarde, te adoraré; y si no llega, también te adoraré. Porque al final, lo más valioso no es lo que Dios da, sino Dios mismo. Dile hoy con todo tu corazón: aunque no me lo des, tú sigues siendo suficiente para mí.

Por: Salvador G. Nuñez

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