Cuántas horas de tu vida entera le dedicas realmente a Dios, y por qué quince minutos al día bastarían para cambiarlo todo.

Estos días hemos visto algo hermoso en medio de la tragedia. Tras el terremoto que golpeó a Venezuela el 24 de junio —dos sismos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5 que dejaron miles de víctimas y más de diecisiete mil damnificados— varios ministerios cristianos se movilizaron para llevar ayuda humanitaria real a las comunidades afectadas, y esa misma respuesta se ha replicado hacia otros países golpeados por desastres. Gracias a quienes lo están haciendo: eso es fe con manos.

Y justo eso me llevó a una pregunta incómoda. Porque una cosa es admirar desde el sofá lo que otros hacen, y otra muy distinta es preguntarse qué estamos haciendo nosotros. Jesús fue directo: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas» (Mateo 6:33). Buscar primeramente. No en los ratos libres, no cuando sobre un hueco en la agenda.

Así que hice las cuentas, y el resultado me dejó pensando. Porque casi todos decimos que no tenemos tiempo para Dios, y sin embargo los números de nuestra propia vida cuentan una historia distinta. Este artículo no es para señalar a nadie: lo escribí primero para mí. Pero si hace un rato que abriste la Biblia solo los domingos, quizá también sea para ti.

Las cuentas de tu vida

Vamos a los datos. En Estados Unidos, la esperanza de vida alcanzó en 2024 su máximo histórico: 76,5 años para los hombres y 81,4 para las mujeres. Traducido a horas, eso son unas 670.600 horas de vida para un hombre y 713.500 para una mujer. Suena a muchísimo. Y lo es. La pregunta es en qué se va.

Según la encuesta oficial de uso del tiempo, dormimos alrededor de nueve horas diarias: unas 250.000 horas de una vida entera. Comer y beber se lleva otras 35.000. El trayecto al trabajo, unos veintisiete minutos por viaje, suma casi una hora diaria. Y las redes sociales —un promedio de 2,4 horas al día— representan cerca de 67.000 horas a lo largo de una vida.

Ahora la comparación que duele. Si dedicaras quince minutos diarios a leer la Palabra y orar, en toda tu vida sumarías unas 7.000 horas. Eso es apenas el 1,04% de tu día. Y significa que, con los promedios actuales, muchos pasamos casi diez veces más tiempo deslizando el teléfono que buscando a Dios.

Por eso el salmista pide algo que suena raro hasta que uno hace estas cuentas: «Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12). No se trata de culpa. Se trata de aritmética. Tenemos tiempo para Dios: lo que no siempre tenemos es la decisión de dárselo.

¿Naciste de nuevo o solo cambiaste de horario?

Aquella noche, un hombre religioso y respetado fue a buscar a Jesús a escondidas. Nicodemo sabía la Escritura, cumplía la ley y ocupaba un cargo. Y aun así, Jesús no le habló de mejorar, sino de nacer otra vez: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

Esa conversación desarma una idea muy cómoda: que ser cristiano consiste en asistir. Se puede tener asiento fijo en la tercera fila, conocer todos los coros y seguir siendo exactamente la misma persona del lunes. Ir a la iglesia y nacer de nuevo no son sinónimos, y confundirlos es el error más caro que se puede cometer.

Porque cuando hay un nacimiento nuevo, se nota sin que uno lo anuncie. Pablo lo describe así: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas» (2 Corintios 5:17). No dice que uno se comporte mejor: dice que es otra criatura.

Y Jesús puso un criterio que no admite discusión ni requiere títulos para aplicarlo: «Así que, por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20). La pregunta no es cuántos domingos llevas asistiendo. Es si la gente que vive contigo, trabaja contigo o te atiende en la caja del supermercado ha notado algún cambio en ti.

El termómetro está en tu boca

Hay un lugar donde la fe se delata antes que en cualquier otro: la forma de hablar. Y es curioso, porque es justo donde muchos cristianos bajan la guardia. Se puede salir del templo cantando y llegar al estacionamiento hablando mal del hermano que se sentó dos filas adelante.

La instrucción de Pablo no deja espacio para negociar: «Ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes» (Efesios 4:29). Fíjate en el criterio: no basta con que sea verdad. Tiene que edificar y dar gracia a quien la escucha.

Y sobre esos grupos que se forman al fondo del templo, donde se comenta la vida ajena con tono espiritual, Santiago fue tajante: «Hermanos, no murmuréis los unos de los otros» (Santiago 4:11). El chisme no deja de ser chisme porque empiece con «oremos por» ni porque se diga en voz baja dentro de una iglesia.

Lo mismo vale para cómo hablamos de nuestra nación. Es fácil orar por los países lejanos que salen en las noticias y difamar el propio en cada conversación. Pero la Escritura pide lo contrario: «Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia» (1 Timoteo 2:1-2).

Fe viva o fe muerta

Llegamos al punto que lo resume todo, y que además explica por qué me impactó tanto ver ministerios movilizándose con ayuda real hacia los damnificados. Santiago lo escribió sin anestesia: «Porque como el cuerpo sin espíritu está muerto, así también la fe sin obras está muerta» (Santiago 2:26).

No dice que la fe sin obras sea débil, ni incompleta, ni mejorable. Dice muerta. Y una de las trampas más sutiles de la vida cristiana es leer la Palabra buscando lo que nos conviene: subrayar las promesas de bendición y pasar rápido por los mandatos que exigen cambiar algo. Eso no es leer la Biblia; es usarla.

Por eso Santiago había advertido antes, y conviene releerlo despacio: «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22). La palabra que usa es engañándoos. Es posible autoengañarse escuchando sermones, porque escuchar produce una sensación de progreso que los hechos no siempre respaldan.

Y Juan lo cierra con una frase que debería estar colgada en cada casa: «Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad» (1 Juan 3:18). La fe verdadera no necesita anunciarse. Se ve en cómo tratas a la gente, en lo que haces cuando nadie te está mirando, en lo que das cuando no hay cámara delante.

Reflexión final

Hazte las preguntas sin buscar excusas, porque nadie más va a responderlas por ti. ¿Cuánto tiempo real le dedicaste a Dios esta semana, en minutos? ¿Abriste la Biblia algún día que no fuera domingo? ¿La gente que convive contigo ha notado un cambio, o solo notan que los domingos sales temprano?

Los datos más recientes muestran algo que da esperanza y también sacude: en Estados Unidos la lectura de la Biblia bajó este año, pero la curiosidad por ella creció en nueve millones de personas desde 2024. Hay más gente que quiere acercarse que nunca. El problema no es el deseo. El problema es que otras cosas siempre llegan primero a nuestra agenda.

Y aquí está lo hermoso del asunto: no se te está pidiendo una hazaña. Quince minutos. El uno por ciento de tu día. Menos de lo que se va en dos videos que mañana no vas a recordar. Con ese uno por ciento, sostenido en el tiempo, se transforma una vida entera — y por añadidura, todo lo demás empieza a acomodarse, exactamente como Jesús prometió.

Gracias a cada iglesia y cada ministerio que en estos meses ha llevado alimento, agua y consuelo a los damnificados de Venezuela y de los demás países golpeados por desastres. Eso es fe con manos, y es el mejor sermón que se ha predicado este año. Que ese ejemplo no nos deje admirando desde lejos, sino que nos mueva a abrir la Palabra mañana temprano y a salir a hacer algo con lo que leímos.

«Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.»

Todas las citas bíblicas provienen de la versión Reina-Valera 1960 (RVR1960). Las estadísticas de esperanza de vida y uso del tiempo corresponden a los datos oficiales más recientes de Estados Unidos, tomados como referencia por su disponibilidad pública.

Por: Salvador G. Nuñez

 

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