Por qué el cansancio emocional se disfraza de normalidad y qué pasa cuando ya no puedes sostener la máscara.

Alguien te pregunta cómo estás y respondes «bien» antes de pensarlo. No fue una decisión, fue un reflejo. Lo dices en el trabajo, se lo dices a tu familia, lo dices en la iglesia el domingo. Y sigues caminando como si nada, aunque por dentro sepas que hace rato dejaste de estar bien.

El cansancio emocional no se parece a la tristeza. La tristeza tiene una causa que puedes nombrar. Esto es distinto: es el agotamiento de sostener una versión de ti mismo que ya no existe. Es levantarte cansado aunque dormiste ocho horas. Es no tener ganas de nada y no saber explicar por qué.

Lo más duro del cansancio emocional es que casi nadie lo ve. Como sigues funcionando, cumpliendo, respondiendo mensajes, nadie sospecha. Y llega un punto en que ni tú mismo distingues entre lo que sientes de verdad y lo que aprendiste a aparentar para que nadie se preocupe.

«Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemido todo el día.» — Salmos 32:3

Fíjate en lo que dice David. No habla de un pecado, ni de un enemigo, ni de una circunstancia externa. Habla del precio de callar. El silencio le costó los huesos. Y él era rey: tenía a quién decirle, tenía palacio, tenía poder. Aun así eligió tragárselo, y lo describe como algo que lo envejeció por dentro. Tres mil años después, seguimos haciendo lo mismo con más público y menos testigos.

Callamos por una razón que suena noble: no queremos ser carga. Miramos alrededor, vemos que todos andan con su propio peso, y decidimos que el nuestro puede esperar. Pensamos que aguantar es madurez. Pero aguantar sin nombrar no es fortaleza, es aplazamiento. Y todo lo que se aplaza sigue cobrando intereses.

El cuerpo termina pagando lo que la boca no dijo. Aparece el dolor de espalda que ningún médico explica, el insomnio a las tres de la mañana, la irritación con quien menos culpa tiene. El cansancio emocional no desaparece porque lo ignores: cambia de dirección y sale por donde puede. Casi siempre sale por el lado equivocado.

Hay una mentira que circula mucho y que necesita ser dicha en voz alta: que tener fe significa estar siempre bien. Que si estás cansado es porque no oras suficiente, o porque te falta gozo. Esa idea no está en la Biblia. Está en la cultura religiosa que construimos encima. Elías pidió morirse debajo de un árbol y Dios no lo reprendió: le dio comida y lo dejó dormir.

Lo que sí ayuda es más sencillo de lo que parece, y por eso cuesta tanto. Decirlo. Decírselo a Dios sin maquillaje, con las palabras exactas que no dirías en público. Y decírselo a una persona de carne y hueso que no vaya a salir corriendo. No para que te resuelva nada, sino porque el peso pesa distinto cuando deja de ser secreto.

Una reflexión final

Nadie te va a dar permiso de no estar bien. Ese permiso te lo das tú, y normalmente lo haces tarde, cuando ya no queda otra opción. Pero puedes darlo hoy, en voz baja, sin anuncio: puedes dejar de sostener algo que hace meses no se sostiene solo.

David escribió ese salmo después, no durante. Lo escribió cuando ya había hablado, cuando ya había soltado. Y por eso pudo describir con tanta precisión lo que el silencio le había hecho. La salida no fue volverse más fuerte. Fue dejar de fingir.

Si hoy respondiste «estoy bien» y no era verdad, no pasa nada. Pero que no sea la última palabra del día. Que en algún momento, aunque sea a solas, digas lo que de verdad está pasando. Ahí empieza todo lo demás.

Te acompañamos. En Aires de Gracia transmitimos 24 horas al día música que levanta el ánimo y micros breves para momentos como este. No hay prédicas largas ni fórmulas. Solo: Micros, Podcast y compañía, para el rato en que manejas, cocinas o simplemente necesitas que alguien más llene el silencio. Sintonízanos en airesdegracia.com y déjalo sonar.

Por: Salvador G. Nuñez

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