Una verdadera relación con Dios no se mide por lo que publicamos ni por cuántas veces vamos a la iglesia, sino por el carácter de Cristo que los demás pueden ver en nosotros.

Vivimos en tiempos en que la fe también se publica. Compartimos el versículo del día, la foto del culto, la canción de adoración y el mensaje bonito en el estado de WhatsApp. No hay nada malo en eso; al contrario, puede ser una forma de sembrar. Pero hay una pregunta que todos los que decimos creer en Jesús deberíamos hacernos con honestidad: cuando apago el teléfono y salgo a la calle, ¿se nota que he estado con Cristo?

Porque una cosa es la religión y otra muy distinta es una relación con Dios. La religión se puede aprender: horarios, costumbres, palabras correctas, la ropa adecuada para el domingo. La relación, en cambio, transforma. Se nota en cómo tratamos al mesero, en cómo respondemos al que nos ofende, en cómo hablamos de los demás cuando no están presentes. La religión cambia la agenda; la relación con Dios cambia el corazón.

Jesús fue muy claro con los religiosos de su tiempo. No le preocupaba tanto lo que hacían en público, sino lo que había dentro. Y nos dejó una medida sencilla para saber si algo es real: «Así que, por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20). Hoy te invito a mirarte en el espejo de la Palabra. No para condenarte, sino para que, como dice la Escritura, seamos «transformados de gloria en gloria en la misma imagen» de Cristo (2 Corintios 3:18).

1. Por fuera, todo en orden

«Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.» — Mateo 23:27

Los fariseos eran expertos en apariencias: oraban en las esquinas, ayunaban con la cara triste para que se notara y conocían cada detalle de la ley. Jesús los comparó con tumbas recién pintadas: hermosas por fuera, muertas por dentro. Hoy el riesgo es el mismo, aunque con otras herramientas. Podemos tener un perfil impecable de fe y un corazón lleno de rencor, orgullo o indiferencia. Jesús advirtió: «Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres, para ser vistos de ellos» (Mateo 6:1). Una relación con Dios no busca aplausos; busca agradar al Padre que ve en lo secreto.

2. De labios, pero no de corazón

«Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.» — Mateo 15:8

Se puede cantar, decir «amén» y saber de memoria el Padre Nuestro… y aun así tener el corazón lejos de Dios. Jesús contó la historia de dos hombres que subieron al templo a orar. El fariseo, de pie, decía: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres». El publicano, en cambio, no se atrevía ni a levantar la mirada y solo decía: «Dios, sé propicio a mí, pecador». Y Jesús concluyó que fue este último quien volvió a su casa justificado (Lucas 18:9-14). La religión se compara con los demás; la relación con Dios se humilla delante de Él.

3. Por sus frutos los conoceréis

«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.» — Gálatas 5:22-23

Un árbol no tiene que gritar que es un manzano: basta con ver sus manzanas. Del mismo modo, no necesitamos anunciar que somos cristianos si el fruto se ve. ¿Hay paciencia en el tráfico? ¿Bondad con el que no puede devolver el favor? ¿Mansedumbre cuando alguien nos critica? ¿Dominio propio en lo que escribimos en un grupo de WhatsApp? Ese fruto no se pega por fuera como un adorno; crece desde adentro cuando permanecemos unidos a Jesús. Y si hoy notamos que falta, no es motivo de vergüenza, sino de volver a la vid.

4. Se notaba que habían estado con Jesús

«Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.» — Hechos 4:13

Pedro y Juan no tenían títulos ni estudios religiosos, pero había algo en ellos que no se podía esconder: se parecían a su Maestro. Ese es el mayor elogio que puede recibir un creyente. Jesús dijo: «En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35). No por la versión de Biblia que usamos ni por la iglesia a la que asistimos, sino por el amor. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Que cuando nos vean, piensen en Él.

Reflexión final

Hoy es un buen día para hacernos algunas preguntas sinceras. Si mis vecinos, mis compañeros de trabajo o mi propia familia tuvieran que describirme, ¿dirían que se parece a Jesús? ¿Mi fe se nota más en mis publicaciones que en mi trato con la gente? Dios no nos pide una vida perfecta para las cámaras, sino un corazón rendido. El profeta Miqueas lo resumió así: «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6:8). La buena noticia es que esa transformación no depende de nuestras fuerzas: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento» (Romanos 12:2). Pídele hoy al Señor que te libre de una fe de vitrina y te dé una verdadera relación con Dios, de esas que se notan sin necesidad de anunciarlas.

Por: Salvador G. Nuñez

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